Yasashī Shinjitsu – Capítulo 4

Traducido por Kiara

Editado por Ayanami


Él trazó besos desde su mano izquierda hasta la curvatura de su cuello. Le sostuvo el pecho, acariciando y disfrutando de la suavidad ante su tacto.

Sonrió con autosuficiencia, su pecho se ajustaba perfectamente a la palma de su mano, le pareció extraño, pero sintió que su pecho había crecido solo para él. Su respiración se hizo más corta y rápida, mientras pasaba el pulgar por su pezón y lo hacía rodar. Su cuerpo comenzó a moverse ante el tacto de sus caricias. La besó suavemente, lamiéndole los labios, deslizó su lengua en su boca, explorando cada centímetro, acariciando sus dientes y luego su lengua, los ojos de Matilda se abrieron sorprendidos por la invasión. A través de sus párpados medio abiertos, ella podía ver sus pestañas doradas. La mano de Matilda rozó, inconscientemente, sus piernas, sus ojos se cerraron con placer.

—Esa parte terca de ti es realmente linda—le dijo en voz baja. Matilda frunció el ceño. Este hombre realmente tiene mal gusto, esa debe ser la razón por la que la eligió. Él la abrazó con gran fuerza, casi como si quisiera aplastarla contra él.

— ¡Oh! —ella jadeó. Él la miró.

— ¿Te lastimé? —Preguntó mientras acariciaba amablemente su mejilla, ella asintió. Aflojó un poco su agarre— ¿Qué tal así?

—Está bien—respondió en voz baja.

Se apartó un poco de ella, la contempló por un momento y dijo —Si te hago daño, dime correctamente y haré todo lo posible para parar mientras siga teniendo razón.

— ¿Razón?

—Para ser honesto, estando junto a ti, no creo tener la capacidad, ni la confianza para detenerme y no perder mis sentidos, así que, por favor ten paciencia conmigo, ¿De acuerdo? —ella no encontró seguridad en su refrescante sonrisa. Debía parecer disgustado, pero sonrió como un niño a su juguete favorito. —He estado esperando este día, trabajando muy duro para que podamos tener este tiempo juntos. Sé que has estado sola, pero…

— ¿Eh? ¿Qué está diciendo? —Ella se preguntó, pero las inquietudes se desvanecieron con un beso. Él mordió sus labios, dulcemente, contorneándolos con su lengua, hundiéndose en su boca. Sus besos la hicieron desfallecer, se sintió tan débil, que su cabeza cayó hacia atrás, pero su grande y fuerte mano la sostuvo y acerco más hacia él, profundizando el contacto. Él gimió. Ella gimió. El sonido de sus lenguas entrelazadas en un beso la hizo sentir avergonzada.

Su mano se ahuecó sobre su pecho izquierdo, tanteo y acarició la carne suave, mientras él bromeaba y hacía rodar el pezón rosa entre su pulgar y su dedo índice.

— ¡Ah! —ella gritó a través del beso.

—Sabes delicioso—susurró roncamente contra sus labios—Besarte se está convirtiendo en mi cosa favorita para hacer.

Matilda se sonrojó ante sus palabras. ¿Lo favorito…? ¿Era ella la persona favorita de Leandroth?

—Me gustas Matilda—le susurró al oído con una voz tierna. ¿Qué? Pero ahora su lengua estaba en su oído, lamiendo la parte de arriba y luego mordisqueando el lóbulo, Matilda perdió la capacidad de pensar mientras pequeñas ondas de placer recorrían su cuerpo. Arqueó su cuerpo cuando Leandroth se apartó. Él le quitó su vestido de noche sin preámbulos. La camisola había estado recogida hasta su cintura, pero ahora la parte superior de su cuerpo estaba completamente desnuda. Leandroth se quedó mirando su desnudez, su boca se secó. Cuando habló, su voz era profunda y ronca.

—Eres hermosa.

Él era un mentiroso.

Su mirada era reverente, como si estuviera mirando una pintura hermosa. Sus miradas acaloradas la hicieron sentir tímida, así que trató de cubrir su cuerpo con sus brazos, pero Leandroth la atrapó y le sostuvo los brazos a los costados. Un rayo de luz de luna entró a raudales en la habitación, la luz de la vela parpadeó en una ligera brisa. La habitación era demasiado brillante, él podía ver toda la parte superior de su cuerpo. Ella apartó la cara y se mordió el labio, no podía soportar la intensidad de su mirada.

—Eres verdaderamente hermosa. Tu piel es pura y blanca como la nieve invernal en Icecoreta. Tus pechos son como deliciosas manzanas, con capullos de color rosa encima de ellos—él soltó sus manos para rodear su cintura, parecía cautivado—tu cintura es tan delgada que puedo cerrarte con mis manos.

Tales metáforas floridas deberían provenir de una niña.

Esta reacción al ver su cuerpo desnudo, era un poco excesiva para alguien a quien solo había conocido unas cuantas veces. Era imposible, que alguien pensara así en tan poco tiempo.

— ¿Cuánto tiempo te has sentido así? —ella preguntó con voz ronca, necesitaba saberlo.

— ¿Cuánto tiempo…?

— ¿Cuánto tiempo has pensado en mí de esa manera…de esta manera? —Era bastante increíble que él dijera amarla, así que Matilda tenía curiosidad. No podía entender, cómo él podía mirarla de esa manera, o pensar así de ella.

Leandroth parecía pensativo, se movió hacia un lado y la abrazó, cubriéndola con su túnica de noche.

—No quiero que te resfríes. Soy muy paciente—dijo con admiración.

Si ella decidía no contar, su primera noche en Barenshiaga, esta sería la primera vez que era abrazada al pecho de un hombre. Había una extraña sensación de seguridad dentro del círculo que hacían sus brazos al rodearla.

—Eres tan suave y confortante. No puedo esperar para comerte—Dijo mientras la abrazaba más fuerte como un vicio, acercó su rostro contra el suyo. La besó en la mejilla. Leandroth comenzó a hablar, el timbre de su voz la hizo estremecer  —Hmmm, supongo que comenzó cuando tenía doce años y tu tenías once años. Estábamos visitando Icecoreta. Mientras estuve en el palacio, siempre me compararon contigo.

Su mano acarició la parte posterior de su cabeza mientras hablaba.

—Antes de saltar a conclusiones, escucha. Estaba enterado que en tu país la mujer no podía subir al trono. Pensé que era un desperdicio, con tu talento, era molesto que todos los tutores reales estuvieran hablando de “La gran princesa Matilda del Reino Icecoreta.”

Matilda parpadeó contra su amplio pecho, apenas podía mirar hacia arriba, porque él la agarraba con fuerza. La piel de Leandroth contra su mejilla era cálida.

—Visité a Icecoreta otra vez, en nombre de mi padre. Me reuní con el rey varias veces durante nuestra gira. En ese momento, te vi hablar con tu padre, con seriedad y pasión. Parecía que estabas haciendo todo lo posible para ayudar a tu padre, a diferencia de mí.

Era común, que la realeza de un país u otro visitara otros países, así que honestamente, ella no recordaba esos detalles. Matilda permaneció callada escuchando.

—A partir de entonces, se convirtió en motivo de preocupación, cada vez que recibí un regalo de cumpleaños suyo. Por lo general, era algo sorprendente, y uno de mis vasallos comentó que parecías una mujer de valor, digna de ser una emperatriz. Entonces, tal vez tu padre te permita casarte con alguien como yo.

Matilda se rió, una admiración tan infantil. Los regalos de cumpleaños fueron intercambiados arbitrariamente entre varios miembros de la realeza. No había nada único o especial acerca de Barenshiaga. Como protocolo real, envías regalos y escribes notas de agradecimiento como regla.

Y, sin embargo, ¿ella quería aceptar esos sentimientos? Lo que Leandroth vio no era a la verdadera ella, sino una ilusión.

—Cuando nació tu hermano, solicité tu mano a tu padre. No aceptó mi demanda hasta el año pasado. Tuve que esperar hasta que tu hermano tuviera siete años, debido a esa costumbre de tu cultura, donde solo podía ser nombrado príncipe heredero a esa edad.

¿Pedida de mano? Ella nunca escuchó de esto.

—Me rechazaron muchas veces. Me preguntaba si debería rendirme y encontrar una mujer diferente, pero al pensar en eso, me sentí vacío.

Nueve años. Había estado esperando nueve años. Ella estaba sorprendida.

—Sin embargo, incluso si nos hubiéramos encontrado, no podríamos haber tenido nada.

Sus sentimientos no eran profundos. Incluso si se hubieran conocido, no había razón para esta intensidad de sentimiento.

En los pocos bailes a los que habían asistido, él la había mirado con una intensidad ardiente, pero nunca se había atrevido a invitarla a la privacidad de uno de los balcones de la sala de baile. Bailaron un par de veces, pero ese fue el único contacto. No había nada, aparentemente, romántico sobre ninguno de sus acercamientos.

—Porque tu padre me dijo que no te presionara. Dijo que no querías casarte por política. Tu padre fue muy duro conmigo.

— ¿Eh?

¿Su padre, el rey? Matilda no pudo ocultar su sorpresa.

—Y además, está tu título de Princesa del Bosque, que es terriblemente anticuado. Pero tu país cree en la preservación de la pureza de la princesa real, que también incluye el contacto físico y se extiende a los rumores. No pude hacer nada en absoluto. La defensa de tu padre fue realmente perfecta.

¿La defensa de mí padre…? Ella inclinó la cabeza en cuestión.

—Es posible que existan rumores entre los vasallos por tonterías, pero si el príncipe heredero del país vecino está proponiendo matrimonio. Habría rumores, sin importar cuáles sean tus sentimientos.

—Eso puede ser así—respondió Matilda. Estaba perpleja por las acciones de su padre.

Leandroth acarició distraídamente la espalda de Matilda. Debido a que su agarre se había aflojado, finalmente fue capaz de mirar hacia arriba. Ella lo vio sonriendo

—Así que, tuve que usar muchas tácticas y negociaciones para que tu padre aceptara mi propuesta para ti. —Dijo con tanto orgullo, que Matilda no pudo evitar reír. Era realmente extraño. Mientras ella soltaba una risita, se movió contra su pecho y pudo escuchar latir su corazón…

Matilda cerró los ojos y suspiró. Los sonidos a intervalos constantes eran tranquilizadores. Fue realmente maravilloso.

Una persona que pasó por un gran esfuerzo por ella. Alguien que quería conocerla. Alguien que aceptó su complicado padre con una sonrisa.

Esa persona era con quien se iba a casar.

—Creo que me gustas—dijo finalmente.

Leandroth se puso rígido. ¿Ella dijo algo malo? lo miró y descubrió que el rostro de Leandroth estaba rojo.

— ¿Lean? —Ante el sonido del deseado apodo, se cubrió la boca y se alejó.

— ¿Esto te desagrada? —Preguntó ella, no entendió su reacción, pero sintió un dolor en el pecho. Así es como es. Sería desagradable. Alguien como ella, terca y no cariñosa.

No había tal cosa como una niña blanca como la nieve, como si fuera linda. Ella era fea.

Ese debería ser el caso, pero ¿qué fue este dolor? Él la estaba abrazando demasiado fuerte.

Matilda, cuyos pensamientos habían dado vueltas y vueltas, no notó que su abrazo se apretaba hasta que fue demasiado tarde. Trató de alejarse, pero la abrazaron con tanta fuerza que se ahogaría antes de tener éxito.

— ¿Lo odias? —Él no esperó su respuesta antes de volver preguntar— ¿Me llamaste así a propósito?

Matilda parpadeó, sus ojos estaban llenos de desafíos y volvió a llamarlo.

— ¿Lean?

Sus ojos se agrandaron con sorpresa y alegría, él la abrazó aún más fuerte. Si no tenía cuidado, literalmente, la sofocaría con su afecto.

— ¡Oh! —ella gritó de dolor, pero él no pareció prestarle atención.

—Ven aquí—Leandroth gimió en la curva de su cuello.

—Sí, te hice enojar, aunque se que para conseguirme, trabajaste duro. Pero ahora…es porque soy baja y mi apariencia no es lo suficientemente buena. Si ese es el caso, libérame…

Es todo tan confuso. Esto es lo que obtienes si te propones a un hongo, pensó para sí mismo justo antes de besarla.

Ella no podía respirar, ni moverse. De repente, la empujaron bruscamente hacia la cama. Debido a que la cama era suave y elástica, su cuerpo rebotó, haciendo que ella jadeara sorprendida.

Ella lo miró, los ojos de su futuro esposo, ardían en deseo.

—No te dejaré ir.

 


[Kiara: nuestra Matilda, tiende a sacar conclusiones demasiado rápido, a veces hay que dejar de pensar y empezar actuar. Gracias por tomarse el tiempo para leer, nos vemos en el próximo.]

 

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Yasashī Shinjitsu – Capítulo 3

Traducido por Kiara

Editado por Ayanami


—Matilda…

Una voz la llamó en un susurro. Se despertó al sentir la caricia en su mejilla. El brillante resplandor de la luna llena y la luz de las velas, iluminaban a la perfección a la persona en su cama, Leandroth.

¿Por qué estaba aquí? ¿Era este otro sueño pervertido? Seguir leyendo

Tenseishita Kedo – El Príncipe: Capítulo 2

Traducido por Naiarah

Editado por Nebbia


No tardamos mucho en abrir nuestros corazones el uno al otro. Después de visitar la casa del Duque muchas veces, ella empezó a estar a gusto conmigo.

Cada vez que me recibía en la entrada, sus ojos brillaban de forma distinta a cuando saludaba a otros hijos de nobles y, en cada ocasión que la veía, sentía como la necesidad de tocarla crecía.

Por desgracia, el mayordomo que siempre me miraba con seriedad y firmeza, le dijo a la criada que no nos perdiera de vista, así que no había ocasión de acercarme a Cristina, pero no podía evitar que mis ojos se perdieran en sus labios como pétalos rosados, una y otra vez.

Un día, había prometido que iría a verla, pero la lluvia caía con fuerza desde el amanecer. Pude quedarme en casa por el clima, pero el deseo de verla me impulsó a salir. Me recibió en el vestíbulo con un vestido violeta del mismo tono que sus ojos, y nos reímos alegremente.

— Gracias por venir a pesar de la lluvia, Al.

— No hay forma de que rompa mi promesa contigo, Kuu, sólo porque llueva, ¿verdad?

Nos volvimos muy amigos y en pocos meses ya nos llamábamos por nuestros apodos.

— Entonces hoy, ¿vamos a la biblioteca? Mi bisabuelo tiene muchos libros sobre estrellas, ya verás. — Tomó mi mano un poco avergonzada.

— Claro. — Mientras sea con ella, cualquier lugar estará bien.

Guiado por su mano, la seguí hasta el segundo piso y por suerte, hoy sólo había una criada con nosotros. Las demás estaban ocupadas arreglando las ropas de los caballeros de la escolta y no parecía que fueran a aparecer.

La biblioteca de la mansión del Duque era menor que la del palacio real, pero tenía una cantidad ingente de libros. Mientras escuchaba la explicación de la criada sobre los centenares de volúmenes que había, fui ojeando las filas de estanterías de la habitación, pero Cristina se fue directa a un estante en concreto, parecía habituada a estar aquí.

Para iluminar la oscura habitación, a causa del mal tiempo, la criada se acercó a la ventana.

— ¡Al! Estoy aquí.

Estaba en la parte más alejada de la habitación, entre dos filas. Sostenía un libro en su mano y se sentó en el suelo, a pesar de que había varios escritorios al lado de las ventanas. La criada también la miró pero se centró en abrir las cortinas.

El libro que ojeaba era uno con dibujos para niños y grandes letras, que trataba sobre las constelaciones. Me senté a su lado y miré el tomo.

— ¿Lo sabías, Al? Si conectas las estrellas, se pueden convertir en animales o dioses de los mitos, y también se enamoran entre ellas. Increíble, ¿no?

Yo estudiaba cultura general así que sabía sobre las constelaciones hasta cierto punto, pero ella me contó felizmente las historias relacionadas con las mismas.

Al abrir la sirvienta las cortinas, podía ver con claridad la cara de Cristina, sus ojos brillaban felices y su cara concentrada en el libro era muy hermosa; su plateado cabello reflejaba la luz que parecía atravesar sus pestañas del mismo tono. Sus ojos amatistas brillaban con tanta claridad que eran incluso más hermosos que cualquier gema, bajo su pequeña nariz sus rojos labios parecían tan suaves. Mientras pensaba en si estaría bien o no besarla, levantó la cabeza.

Me miró anonadada, en sus ojos sólo estaba yo, sería mejor si siempre fuera así, si sólo yo me reflejara en ellos, sentí celos del libro. Cuando miré sus labios, ligeramente entreabiertos, ya no pude pensar más… Me incliné y con suavidad uní nuestros labios, fue un instante, pero lo sentí como una vida. Sus labios eran tan suaves, fue maravilloso.

Cuando nos separamos, pensé que estaría enfadada, pero se sonrojó cubriéndose los labios; era súper adorable, no pude evitar sonreír. Le tomé las manos y le susurré al oído.

— Es un secreto entre nosotros, ¿vale? — Estaba sorprendida, miró asustada tras de sí, pero la criada estaba abriendo la última cortina y no nos prestaba atención.

Se sintió aliviada y relajó sus hombros, pero cuando deslicé mi brazo alrededor de su cintura se tensó de nuevo. Era la primera vez que actuaba así, pero quería actuar como un hermano mayor y permanecer sereno.

Su respiración agitada era audible, estaba roja y con los ojos llorosos, temblaba entre mis brazos por la vergüenza y la culpa, pero era increíblemente linda. Contuve mi excitación y apoyando mi frente sobre la suya le susurré.

— Repitámoslo, la próxima vez. — Ella asintió levemente, todavía temblando. Sentí que iba a explotar de alegría.

Me perdonó por besarla, así que siente lo mismo que yo, mi dulce, dulce Cristina, mi adorable ángel. La más linda del mundo, que haría que todos se giraran a verla, es mi prometida, ese día le agradecí a dios por ponerla en mi vida.

 

♦ ♦ ♦

 

Contra más cercanos nos volvíamos, más cosas egoístas me pedía. Sin preguntar por mi agenda, me obligaba a ir a su casa los fines de semana o sino aparecía en palacio y me sugería algo como ir juntos al pueblo.

Aunque nos llevamos tres años de diferencia, mantuve mi compostura y acepté su egoísmo, la escuchaba siempre y si no podía ser y me negaba se manchaba, aunque con cara apenada. La veía suplicar con sus deslumbrantes ojos, era extremadamente linda.

Tras varios años, me pidió que la acompañara a la joyería de la ciudad. Las joyas que elegía eran siempre de la mejor calidad y pensaba que le gustaría la más cara; así que tomé un broche redondo con doce joyas engastadas, era la pieza más cara de la tienda.

— ¿Alberto? ¿Encontraste algo bueno? — Miró mi mano y por un instante frunció el ceño. Acto seguido volvió a sonreír, tomó la joya de mi mano, la regresó a su lugar y me señaló otra.

— Mira Alberto, quiero ver el broche para el pelo de ahí, ¿quieres mirarlo conmigo?

— Ah, claro. — Estaba impactado, mi lindo ángel frunció el ceño por primera vez. Además fue después de ver la joya que escogí, obviamente no le gustó.

La observé bien, llevaba un pasador en su plateado cabello, engastado con varias joyas azules, un collar de perlas y un vestido a juego. El vendedor la miró desde la esquina sonriendo ampliamente.

— ¿Qué tal ésta? Hace juego con sus ojos, señorita. — Pensé que le mostraría sus productos más caros ya que parecemos nobles, pero sostenía un broche que no era ni barato ni caro. Combinaba dos gemas finamente pulidas, una violeta y una azul, que formaban una flor, era ciertamente bonito y encajaba perfectamente con ella.

Cristina sonrió satisfecha, aunque no era caro parecía gustarle.

Desde entonces observé minuciosamente su ropa, accesorios para el pelo, collares y todo lo que vestía; así cada vez que escogía un regalo suponía mucho trabajo, no escuchaba sólo las opiniones de los empleados sino que también me fijaba en su sentido de la moda.

Cuando llegó a los trece, su pecho aumentó, su cintura se estrechó y tuve que contenerme en muchos sentidos. Si rompía la promesa con el Duque, nuestro compromiso se rompería, así que me aferré a esa idea.

Sin embargo, como si me probara, después de su debut a los catorce años, empezó a cambiar el estilo de sus vestidos, mostrando su voluptuoso pecho con marcados escotes, ese tipo de vestido que hacía que los hombres quisieran acercarse a ella. La primera vez que lo vi, no supe dónde mirar, ¿qué pasa si ella atrae la mirada de otros hombres con ese vestido? Me irrité, pero ya me tenía atrapado y no tuve el valor para advertirle, pero es que me encanta como le sienta. Así que mantuve mi sonrisa de caballero todo lo que pude.

Cristina cambió rápidamente la tendencia del momento, que consistía en vestidos que cubrían el cuello, a vestidos sugestivos. Si ella aparecía con un adorno nuevo para el pelo, las demás en seguida conseguían uno parecido, si ella fuera a usar un abanico de plumas pronto todas tendrían uno.

Para mí la presión aumentaba, se acercaba su cumpleaños y no podía faltar mi regalo. Lo que le enviaba siempre le encantaba y en la fiesta nocturna estaría luciéndolo ante los demás.

Y entonces llegó su quinceavo cumpleaños. Había crecido para convertirse en una mujer hermosa, su cabello plata le llegaba a la cintura, sus amatistas ojos brillaban seductores, había un toque de color sobre sus párpados y sus pestañas estaban curvadas. Sus adorables labios emitían un brillo tentador, que me incitaba a besarla, y la nacarada piel de su pecho, que quedaba expuesta, me hizo alargar mi mano, rodeé su cintura con mi brazo, su cuerpo era suave sin importar dónde la tocara.

Quería besarla a espaldas de las criadas y los mayordomos, bajo la sombra del árbol del palacio, en la colina secreta dónde el ocaso se veía hermoso, o en la biblioteca de su mansión, pero después de que cumplió los catorce, mi autocontrol dejó de funcionar. No podía controlarme, quería hacerla mía ahora mismo, así que aunque fue agonizante decidí alejarme. Si me encontraba con ella, querría tocarla y no podía ser.

Ansiaba verla al menos en su cumpleaños, pero no pude ir por la inspección militar y al final, le envié una rosa rosa con una nota. El significado de esa flor es mujer hermosa, palabras que para mí sólo existían por ella. Sin embargo, no fue bueno que no la viera, porque después de ese día se volvió fría.

 

♦ ♦ ♦

 

Antes, cada vez que la invitaba a bailar me saludaba sonrojada y con ojos llorosos, después de ese cumpleaños empezó a emitir un aura desinteresada como si no le importara nada.

Su maquillaje y sus vestidos también cambiaron, ya no eran tan deslumbrantes como antes, cambió a unos más modestos y maduros que se adecuaban más a su actual estado. Su anterior atuendo la hacía ver como una rosa en todo su esplendor, pero cuando vestía esos colores más modestos era como si una diosa hubiera descendido a la tierra.

Cuando bailábamos, me miraba apasionada y dolida, pero cuando acababa la canción apartaba la vista y empezaba a bailar con otro. Esos hombres no sólo admiraban su belleza divina sino que rodeaban su cintura para observar su voluptuoso pecho. Cuando les veía despertaban mi instinto asesino. No obstante, era el príncipe del país, no podía monopolizarla, y la fiesta no era para bailar sino para intercambiar información, así que tenía que hablar con muchos nobles y no podía permitir que pensaran, que estaba obsesionado monipolizando a mi preciosa prometida.

Y entonces un día, cuando miré a la chica que adoptó el Marqués, me dí cuenta de que el adorno de su cabello era parecido al que le regalé a Cristina. Palidecí, no llevaba mi regalo… ¿Le he obsequiado algo equivocado? Dándole vueltas caí en la desesperación.

— ¿Su Alteza? — Fue cuando el Marqués Schönhausen me llamó que regresé en mí.

No podía mostrar una cara alterada, así que compuse mi mejor sonrisa y de alguna forma recordé la presentación de la chica que ignoré. Había sido adoptada hacía poco por el Marqués así que no sabía nada, fue ese tipo de saludo. Era necesario que cumpliera mi rol como protector de los ciudadanos.

— Encantado de conocerla, Clara. Está bien así que, por favor, no ponga esa cara tan ansiosa. Se acostumbrará a esto pronto, si le parece bien puede pedirme consejo cuando guste. — Mis ojos brillaron, me sonrojé y le sonreí al ver su expresión. Maldición, ¿en qué estaba pensando…? Se veía tan inexperta, que se me escapó. Aunque no debía mostrar una conducta de favoritismo hacia una persona en concreto, a causa de su desconcierto acabé prometiendo ayudarla personalmente.

— Mu-muchas gracias.

Como príncipe me enseñaron a proteger y traer paz a todos los ciudadanos desde que era niño, los nobles debían proteger a los plebeyos y nunca oprimirlos, ese tipo de cosas. Descuidadamente, olvidé que ella se había convertido en uno de esos nobles, había que tratar a los nobles de forma distinta a los ciudadanos.

Sabía que era popular entre las mujeres y que muchas se acercaban con interés romántico, debido a que en el Reino Noin, está permitido tener una concubina, aunque mi padre sólo tiene a la Reina. Y esa recién nombrada joven señorita tiene los mismos ojos que las otras mujeres, aunque todos sabían que ya tenía una prometida. Pude ver en sus ojos el deseo de convertirse en mi concubina.

— No es diferente a lo que dicen los rumores, realmente atractivo… — Murmuró la chica. En mi mente algo encajó en su lugar.

Para mí, no hay otra que Cristina. No tengo interés en otras mujeres, pero sin una confesión directa no podía rechazarla, así que sólo pude sonreír. Entonces, ví a mi prometida, pero por alguna razón me dió la espalda y tomó una copa de vino.

Si toma vino aquí, otros hombres irán tras ella, ¿no? Ya había muchos que aspiraban captar su atención, pero como es mi pareja no podían acercarse a ella en público. Sin embargo, después de bailar conmigo, un número más que considerable de hombres se apresuraron a conseguir un baile con ella. Si les daba una mínima oportunidad la aprovecharían. Una menor bebiendo alcohol en una fiesta era algo común, pero sería diferente si era Cristina.

¿Qué pasa si algún hombre astuto se aprovecha de su conducta inapropiada para la hija del Duque? Me impacienté mucho, así que terminé rápidamente con los nobles que venían a saludarme y me dirigí hacia ella a grandes pasos. Ya había tomado tres sorbos.

Para impedir que los demás nobles la vieran, me coloqué a su espalda y le arrebaté la copa de vino, me miró asustada y me mostró una adorable expresión.

— ¿Qué estás haciendo?

— Porque, porque… — Balbuceó.

No es un porque, ¿no? Sólo con tres sorbos te has vuelto cientos de veces más linda de lo normal, ¿lo sabías?

Contuve mi impulso de abrazarla y besarla y me bebí el vino. Me miró sorprendida y tembló, parece que creyó que estaba enfadado. Sentí una extraña excitación al verla asustada, y para aclarar el malentendido le susurré al oído.

— Eres una chica mala, Cristina. Haciendo tal travesura, mostrándome esa cara, ¿lo haces a propósito? — Su expresión al borde de las lágrimas, golpeó a mi sádico corazón y ya no quise molestarla más, por favor, no pongas esa cara, pero sus ojos se aguaron más y más. Es tan linda, le besé los párpados. Cuando la abracé con cuidado, se sonrojó y aún con lágrimas en los ojos murmuró adorablemente.

— Te he estado anhelando, Alberto… — Ante su repentina confesión, levanté mis cejas y sonreí con ironía. Tan linda confesión, casi me desmayé de la alegría. Recordé dónde estaba y que los demás hombres de la sala podían vernos y me sentí superior.

Deseaba estrecharla con fuerza entre mis brazos, pero no podía actuar como me gustaría, así que mantuve la compostura y le respondí sonriendo.

— Gracias, Cristina.

Ella me devolvió una hermosa y madura sonrisa.

 


[Nebbia: Y~ ya está. Estos son los tres capítulos que tendrían que haberse subido en el Día Blanco, pero, ya sabéis, tuvimos algún que otro problema (para más información, leed el artículo) y nos demoramos. Entre Naiarah y yo hicimos ayer la traducción de los tres junto con la edición y hoy les dimos el toque final. La verdad es que no estamos muy seguras de lo que va a pasar con ellos. Se supone que en unos días se colgarán los capítulos de la traductora de esta novela, así que, nuestro trabajo será eliminado y, en cierto modo, caerá en el olvido (lo que indudablemente es una lástima). Se avisará por las redes sociales cuando se cambiarán los capítulos, pero por ahora, como todavía no ocurrió, espero que hayáis disfrutado de nuestro trabajo y os invito a dejar comentarios <3]

[Naiarah: Gracias por leer hasta aquí, como ya ha escrito Nebbia hemos trabajado en esta novela para hacer honor a nuestra promesa de San Valentín. Espero que hayáis disfrutado nuestro trabajo antes de que se desvanezca en la red, me ha gustado cambiar de aires por una vez. Deseo que lo encontréis a la altura de vuestras expectativas, esperaré vuestros comentarios con ilusión <3]

 

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★Capítulos★

Tenseishita Kedo – La hija del Duque: Capítulo 3

Traducido por Elisa

Editado por Haru


[Elisa: hi ~~~ perdonen la tardanza :3 pero estuve ocupada aqui les traigo su dosis de príncipe idiota xD jejeje ~~ disfrutenlo]

El destino es realmente cruel.

Christina colocó su barbilla en su mano mientras maldecía al Dios del Destino.

Christina a pesar de haber soportado su enfado durante la fiesta del té en el palacio, aun así  terminó dejando la impresión de haber sido cegada por los celos y ensuciar a propósito el vestido de Clara. Seguir leyendo

Marietta – Capítulo 22: Afirmación


La larga noche de Sierra llegó a su fin, y ella regresó a sus labores la tarde siguiente. Sin importar que tan desesperadamente quisiera permanecer de pie, sus temblorosas caderas y pasos tambaleantes eventualmente llamaron la atención de Marietta.

—Sierra, ¿Estás bien? ¿Qué te pasó?

—…En efecto, que me hizo esto… se requiere atención especial para tratar con hombres brutos, mi lady. Seguir leyendo